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CDMX – el Distrito Federal ya no existe

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CDMX es un cuento satírico de Homero Adame sobre la crisis existencial que un ex ciudadano cualquiera o a muchos les pudo haber ocasionado el hecho de que el Distrito Federal dejó de existir a finales de enero de 2016 para convertirse en CDMX.

En el cuento se pregunta cuál es la capital de México, dando a entender que si CDMX es ahora un estado de la República y un estado no puede ser capital de un país, ¿entonces?

Y como parte de su crisis existencial se pregunta “¿dónde nací, si el Distrito Federal ya no existe?” y esa crisis se agrava por el hecho de imaginarse que sus documentos oficiales carecen de validez.

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Los huicholes (1ra parte)

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LOS HUICHOLES (Primera parte)

Relato escrito por Homero Adame y publicado en su libro 14 voces por un real, obra ganadora del Premio “20 de Noviembre” de Narrativa, en 2004.

Yo fui inspector escolar. Tengo más de veinte años de estar jubilado; cuando alcancé ese puesto fue la máxima satisfacción de mi vida profesional. Antes era maestro, primero rural y luego de la ciudad, pero poco a poco fui ascendiendo hasta llegar a ser lo que fui dentro del magisterio.

Nací en Valparaíso, Zacatecas. Mi padre se crió en la hacienda de mi abuelo Sebastián Mendoza, allá por los rumbos de Capistrano, y mi madre es oriunda de Real de Catorce. La Revolución los afectó muchísimo y todos vinieron a menos. Mi abuelo murió en las balaceras y así se perdió la hacienda. Fue entonces cuando mi abuela se mudó a Valparaíso. Por mi lado materno la cosa resultó parecida: mi abuelo Rufino tuvo su mina en Real de Catorce, pero con la debacle se fue a vivir a Zacatecas, abandonando todas sus tierras que para entonces ya no servían para nada. Mi madre creció en Zacatecas y allí conoció a mi padre. Se casaron y vivieron felices en Valparaíso, donde mis hermanos y yo cursamos la escuela. Hice la normal en Zacatecas, pero, como dije, mis primeros trabajos fueron en las áreas rurales del estado. Años después ingresé al sistema federal y me asignaron otros puestos, como ése de inspector, el cual me ofreció la satisfacción de conocer tantos lugares muy remotos fuera de mi estado que, en otras circunstancias, probablemente jamás hubiera visitado.

Cuando uno crece en Valparaíso se acostumbra a ver a los huicholes en sus peregrinaciones rumbo a los territorios de Catorce, en el Altiplano potosino. Desde niños los veíamos pasar, y mi padre nos contaba muchas historias de ellos. Resulta que en años anteriores los huicholes pasaban por la hacienda de mi abuelo, y ahí paraban (no en la casa grande, sino en las tierras), pues mi abuelo los conocía bien y les permitía quedarse junto a los aguajes. A mí no me tocaron esas épocas, sin embargo años después sí me fue posible acercarme a varios grupos de huicholes, ya cuando yo era inspector escolar.

En mis primeros años en ese puesto me asignaron la sierra del Nayar. Iba yo a las escuelitas de poblados como El Ángel, El Pastor, La Ciénega, La Cofradía, Mesa del Nayar, Jesús María, San Juan Peyotán, Nayar e incluso a Santa Teresa, entre otros, donde la mayoría de los habitantes son huicholes de pura sangre. Siempre ha sido difícil entrar allá, los caminos son muy malos y peor aun en aquellos tiempos, con esas terracerías y barrancas de miedo. Regularmente volábamos en una avionetita hasta La Mesa, y de ahí seguíamos por caminos, en jeeps, camionetas o inclusive en lomo de bestias.

Si llegar allá era harto difícil, más dificultoso era ser admitidos por esa etnia porque siempre ha tenido gran recelo contra los blancos, contra «los españoles», como ellos nos llaman. No obstante, yo pronto me identifiqué con ellos y fui ganando su confianza. Los más viejos recordaban las historias de cuando sus antepasados cruzaban por las tierras de mi abuelo Sebastián, a quien le debo el nombre. Así fue cómo me aceptaron. Por los cuentos de mi padre yo sabía que en una ocasión, hace ya muchísimos años, unos huicholes que regresaban de su peregrinación fueron perseguidos por encomenderos «españoles», y mi abuelo los protegió en su hacienda. Desde entonces, con mucha gratitud, nuestro apellido quedó grabado en la memoria de esta gente.

La verdad es que conviví poco con los huicholes porque mis estancias eran muy cortas. Iba a esos poblados dos veces por año, y conforme me fueron viendo más y más, los pobladores terminaron por reconocerme como amigo. Fue precisamente en el pueblito de El Ángel donde hice buena amistad con Camilo, un hombre viejo, serio, delgado, bajo de estatura; de facciones y piel duras, pelo cano y largo, bigote ralo y una incipiente piocha blanca; siempre vestía sus atuendos tradicionales y coloridos de manta bordada, sin faltarle el paliacate. En ese entonces, yo no comprendía bien el modo de pensar de los huicholes, ni sus jerarquías (aunque no puedo presumir de que ahora los entienda), pero poco a poco fui conociendo un poco más de su mundo. Fue así como me percaté de que Camilo era el Maraakáme de su pueblo, algo así como el guía, el chamán, el sabio.

Nunca me tocó participar en alguna de las ceremonias importantes de los huicholes, y mucho menos hacer la peregrinación a los territorios de Catorce que, según entiendo, es todo un reto a la fuerza humana, sin dejar de mencionar cuán maravilloso debe ser el cruzar las sierras para llegar a las llanuras y, finalmente, al desierto, donde vive el hermano mayor de los huicholes: el peyote-venado.

Con Camilo pasé largas noches de plática. Tomábamos café, que yo les llevaba como regalo, comíamos galletas o pan y fumábamos cigarrillos. Al principio me era imposible fumar uno de los cigarros del tabaco de ellos, que le llaman , el cual viene siendo similar al tabaco que nosotros conocemos, pero en realidad es tabaco silvestre, mucho más fuerte que el cultivado. A Camilo tampoco le gustaban mis Baronet o cualquier cigarro con filtro. De todas maneras, después de varias visitas pude fumar ese fuerte tabaco, aunque creo que me provocaba ciertos delirios que, años después con la boga de las drogas, se conocerían como alucinaciones. No creo que el tabaco ése me causara alucinaciones propiamente dichas; pero sí me hacía sentirme un poco difuso, como si mi percepción fuese diferente.

Nuestras charlas no se hacían en privado. No. Siempre había hombres y mujeres alrededor, escuchando las sabias palabras y consejos de Maraakáme, y, por qué no, las historias que yo contaba.

Fue en una de mis últimas visitas, poco antes de que me cambiaran de distrito, al norte de Zacatecas, cuando le pedí a Camilo que me hablara más de su pueblo, de sus tradiciones y costumbres, de sus peregrinaciones a las cercanías de Real de Catorce. Le dije que anhelaba conservar sus narraciones, como recuerdo de nuestra amistad. Él se mostró satisfecho.

Cabe mencionar que hoy en día los huicholes siguen siendo una raza muy cerrada, pese a que cada vez arriban más sociólogos, antropólogos, escritores, sacerdotes, médicos, servidores sociales y curiosos (metafísicos y drogados) a querer avenirse con y hacer estudios de ellos. Pero, de todas formas, aún existen comunidades tan alejadas que poco o nada de contacto tienen con «los españoles», tal como es, o era, el caso de mis amigos en la localidad de El Ángel. Los únicos «españoles» que llegábamos éramos el maestro y yo; raras veces aparecía gente que andaba haciendo censos de población, salud y vivienda. Este alejamiento era para “mantenernos limpios y puros”, según palabras de Camilo. En aquellos tiempos los niños aprendían sus lecciones en castellano, sin embargo ahora ya tienen escuela bilingüe, que siento es lo más adecuado para que no pierdan la esencia de su pueblo, el idioma, el cual los identifica entre sí y mantiene vivas sus tradiciones y creencias.

En fin. Esa noche que me platicó de los viajes a Catorce, yo ya tenía preparado un cuestionario, que se fue modificando conforme avanzó la «entrevista». Eran tiempos cuando uno no contaba con grabadoras portátiles; creo que este relato hubiera salido mejor con una de ésas, pero de todas maneras me gustó mucho entonces y me sigue gustando. Una cosa tengo que decir: aunque la mayoría de los huicholes habla castellano, su dicción no es muy buena que digamos, aparte de que sus enunciados son relativamente cortos. Camilo no fue la excepción, a pesar de a su alto rango. Mas sin embargo, cuando reproduje el cuestionario, yo traté de mantener su narración lo más fidedigna posible, sólo con algunos cambios sin importancia y oraciones más largas para darle concordancia. De igual modo, según entiendo, el lenguaje huichol utiliza apóstrofos para separar palabras, y acentos dobles en algunos casos, pero como no entiendo ese sistema a la perfección, no supe dónde poner los apóstrofos y sólo dejé un acento, en el sitio que se entona la palabra. Ah, también utilicé paréntesis para explicar el significado de algunas palabras o hacer comentarios míos.

Al caer la noche, las remembranzas y el revivir una experiencia mística daba a los huicholes ahí reunidos una expresión de absoluta seriedad. Estábamos todos afuera de una casa típica, una especie de enramada rústica, rectangular, con paredes de adobe y carrizo. Los hombres sentados alrededor del fuego, unos perros echados ahí cerca también; las mujeres, siempre vestidas con sus faldas largas y coloridas, a discreta distancia o adentro de la cocina echando las gordas. La luz de la fogata producía largas sombras, mostraba otros rasgos en los rostros de ellos. Cuando las brasas chisporroteaban, era como si el fuego estuviera vivo. La atención de los escuchas era total. Pero asimismo ellos tienen un gran sentido del humor. ¡Cuánta risa les causó a todos los presentes el percatarse de los garabatos que yo iba escribiendo en mi libretita! ¡No conocían la taquigrafía! Pero me estoy desviando, volvamos a las costumbres de mis anfitriones.

—Dime, Camilo, ¿por qué van ustedes a Catorce?

—¿A dónde?

—A Catorce. La peregrinación que hacen ustedes.

—No, nosotros vamos a Wirikúta, la tierra sagrada de nuestros ancestros.

—¿Desde cuándo hacen esa peregrinación?

—Siempre. Todos los huicholes y nuestros antepasados van a Wirikúta.

—¿Cuántos días les toma para llegar allá?

—Es la cuenta de veinte. Veinte de ida y veinte de regreso, pero hay hermanos que toman más tiempo porque viven más lejos, como los de Mesa, los de Bules, los de Santa Teresa.

—¿Y los que viven más cerca, como los de Tuxpan de Bolaños?

—Viven más cerca, pero llegan en veinte días.

—¿Sabes cuántos kilómetros son de este pueblo hasta allá?

—Sepa… para nosotros son veinte días.

—Mira, según entiendo hay lugares de esta sierra que quedan tan apartados como cuatrocientos o cuatrocientos cincuenta kilómetros hasta el distrito de Catorce, de Wirikúta.

—Ah…

—¿Tienen ustedes una fecha en particular para la peregrinación?

—Vamos siempre después de las lluvias (octubre-noviembre) o al comenzar la primavera.

—¿Nunca van antes o después de esas fechas?

—Nadie hace eso porque tiene que ser en pasando la ceremonia de las nubes (algodón), y la de otoño, cuando los niños, el tepu, el maíz nuevo y las calabazas ya están maduras.

—¿Quién confecciona el tepu? (Tambor chamánico de forma vertical, que se hace con un tronco hueco de encino, que queda abierto en la parte de abajo y cerrado en la de arriba con cuero de venado. Se sostiene sobre tres patas de la misma madera.)

Maraakáme; es el único que lo toca.

—¿Por qué?

—Es la tradición. Él lo hace y él lo toca nomás. Su sonido es como el canto divino que escuchan los dioses; Maraakáme tiene el poder de comunicarse con ellos.

—¿Quiénes van a la peregrinación?

—Puede ir cualquier huichol, pero no todos van en su vida. Los que se quedan comoquiera participan en las ceremonias anuales antes o después del viaje. Unos han ido muchas veces, hasta veinte o treinta, pero la mayoría van nomás una vez en su vida. Los Maraakáme van muchas veces porque son los guías de su pueblo.

—¿Cuántos peregrinos van normalmente?

—No importa el número, pero van siempre los representantes de los espíritus.

—¿Los espíritus? ¿Quiénes son ellos?

Tatewarí (el fuego) es Maraakáme, Teyaupá (el sol), Samúravi (hermano coyote), Tsakaimuka (el que captura al venado), Tatutsí (el bisabuelo), Tatei Utuanaka (diosa del maíz), Xuturi Iwiékame (la madre de los hijos), Wawemé (árbol grande), Rurawémuieka (deidad de las estrellas), Tutú (flor), Eaká tewaeí (deidad del viento). Y muchos más, con sus apelativos.

—¿Siempre son los mismos?

—Pueden ser también otros. Depende de la peregrinación. Maraakáme no sabe. El espíritu le dice en los sueños.

—¿Quién les asigna los nombres? ¿Maraakáme?

Maraakáme tiene la visión del sueño. En el sueño él sabe quién lleva cuál nombre.

—¿Cuál es el principal propósito de esa peregrinación?

—Cada hermano tiene un propósito. Unos van a Wirikúta para cumplir una manda, cuando han pedido salud para ellos y sus familias. Otros van cuando Maraakáme así les pide. Maraakáme va porque quiere ser un buen Maraakáme, y tiene que ir como mínimo cinco veces en su vida, aparte de haberse bañado unas cinco veces, cuando menos, en las aguas del mar.

“La peregrinación nos ayuda a alcanzar lo que queremos: hijos, lluvia, salud, protección contra los brujos y los cielos enojados (relámpagos); también para protegernos de nuestros vecinos malos (mestizos) porque ellos nos roban las tierras, matan nuestros animales y explotan nuestros bosques; matan a nuestros niños, se roban nuestras mujeres. También vamos para ganar visiones bonitas, para oír las voces de los espíritus de nuestros antepasados y que ellos nos den su guía. Pero el principal propósito es que todos queremos ser huicholes de verdad, queremos recobrar nuestra vida.

—¿Recobrar su vida?

—A este mundo todos nosotros llegamos incompletos. Pero después de un viaje a Wirikúta ya quedamos más enteros.

—¿Cómo está eso?

—El espíritu regresa a uno y así nos completamos.

—¿Qué se necesita para ser un Maraakáme?

—Es la responsabilidad más grande que uno tiene. Primero hay que ir al menos cinco veces a Wirikúta para conocer el camino y sus peligros, y siempre demostrar que es un buen conductor de psicopompo (almas) porque hay que guiar a nuestros compañeros por los obstáculos del mundo, por la puerta de las nubes que chocan y llegar a las hermosas montañas sagradas, donde siempre nos esperan nuestros antepasados.

Maraakáme debe también demostrarle a los demás que puede vivir sin agua ni comida, y sin dormir, porque en las noches, cuando todos descansan en círculo alrededor del fuego sagrado, Maraakáme está en vela, vigilando que no lleguen los peligros del mundo y de nuestros enemigos, y sorprendan a todos dormidos y acaben con ellos.

—Dime, ¿cualquiera puede ser un Maraakáme, yo, por ejemplo?

—No, maestro. A Maraakáme lo designa el poder del espíritu del hermano mayor. Usted no puede llegar a ser Maraakáme porque usted es «español». Con decirle que ni siquiera nuestras mujeres pueden llegar a convertirse en Maraakáme porque eso es nomás para los hombres. Algunas huicholas alcanzan poderes muy importantes, pero nunca son guías de un pueblo.

—¿De quién aprende un Maraakáme?

—De otro Maraakáme, pero más que nada de la experiencia que da la vida y los viajes, que nos hacen quedar completos como humanos y como espíritus. El Maraakáme viejo nos enseña los cuentos de nuestros antepasados, nuestra historia, que luego uno platica a los demás. También aprendemos de él todos los detalles de cada ritual en los lugares sagrados de la ruta, pero más importante en el país del híkuri (peyote). Maraakáme debe ver con el ojo del espíritu porque sólo así uno reconoce las huellas del híkuri-venado y ve el alma de Wawatsári (hermano mayor, el venado principal) salir de su cuerpo cuando uno lo mata con las flechas. El alma de Wawatsári es muy hermosa, muy brillante, más hermosa que el arco iris de la lluvia en el cielo.

—Aparte del Maraakáme, ¿quién más puede ir a una peregrinación?

—Puede ir cualquier huichol. Hombres, mujeres y niños.

—¿También los niños?

—Ellos son matewáme (novicios) y necesitan conocer lo hermoso de nuestra vida, la belleza de nuestras tierras y las penas del recorrido por este mundo.

—Pero ¿no es muy duro para ellos?

—Es duro para todos el viaje a Wirikúta. Pero los matewáme tienen que sufrir como todos hemos sufrido. Cuando nuestra carne sufre, el espíritu se hace fuerte contra los conjuros de los brujos malos.

—¿Qué tienen que hacer todos para ir al viaje?

—Todos primero tienen que juntar las ofrendas que van a llevar a Wirikúta, al viaje, porque las ofrendas las vamos dejando por ahí. Aquí en el rancho todos dejan las ofrendas en kalíwei (el templo) hasta que sea la hora de irnos. Pero antes de esto nadie debe tocar sal, ni chile ni tomar cerveza. Nomás pueden comer tortillas duras y tomar muy poquita agua. Cuando todos estamos listos, empezamos el viaje.

—¿Por cuánto tiempo hacen este ayuno?

—Días antes del viaje y luego durante el camino de ida, hasta que Maraakáme ordena lo contrario.

Camilo relató todos los detalles iniciales de la peregrinación, desde que salen de El Ángel, cruzan las serranías, las cañadas, los ríos, pasan por las antiguas tierras de mi abuelo, luego a un lado de Valparaíso, siempre sin detenerse, hasta llegar a Zacatecas, donde empiezan las ceremonias previas a entrar al país del peyote. Luego continuó:

—A mitad de viaje, después de Zacatecas, la primera puerta tenemos que cruzar, la de la entrada a las nubes, y luego la segunda, donde las nubes se abren. De ahí pasamos a la «vagina» y después a donde las nubes chocan. Son pasos llenos de peligros, donde la muerte puede alcanzarnos. Gracias a Káuyúmari (el espíritu auxiliador del venado) nadie sufre ningún daño. La puerta donde las nubes chocan es la peor de todas, pero si logramos cruzarla, entonces podemos entrar a Tatéi Matiniéri (los sagrados manantiales de la fertilidad), donde vive nuestra madre. Ésa es la casa de la madre lluvia en donde sale el sol. Desde ahí nos vamos derechito a Wirikúta, para ser recibidos por Niwetúka me (la gran madre de todos los niños), y ella nos entrega el kupúri (alma, la fuerza vital que da la vida).

Maraakáme es siempre el primero en cruzar las puertas. Cuando pasa la última, deja su arco y sus flechas atravesadas sobre el takwátsi (canasta de chamán donde se guardan los instrumentos ceremoniales y una jícara) apuntando hacia la salida del sol, rumbo a Wirikúta, porque hay que señalar el camino. Pero primero, en esa puerta donde las nubes chocan, Maraakáme adelanta el pie, levanta el arco y camina de frente, mientras pone su boca en el arco y golpea la cuerda con una flecha. Luego agradece a Kauyúmari por detener la puerta con sus cuernos para que todos pasen lo más rápido posible.

14 voces por un real, Libro de Homero Adamede Homero Adame, fue el libro ganador del “Premio 20 de Noviembre”, en narrativa – 2004. Fue editado por la Mtra. Déborah Chenillo Alazraki y publicado por Verdehalago y Secretaría de Cultura de San Luis Potosí. México, D. F. 2007.

El libro se puede conseguir en librerías de San Luis Potosí, en el Centro Cultural de Real de Catorce y a través de este medio.

Puedes seguir leyendo el resto de este relato en el siguiente enlace: Los huicholes (2da parte).

Nota: la imagen superior fue tomada del muro de Real de Catorce Mágico en Facebook.

¿Buscas más leyendas indígenas mexicanas? Sigue este enlace:

El cordonazo de San Francisco – sabiduría rural mexicana

EL CORDONAZO DE SAN FRANCISCO

Conocimiento empírico del clima

El 4 de octubre no sólo es fecha para festejar a San Francisco de Asís, sino para recordar verbalmente una conseja popular relacionada con el clima: el cordonazo de San Francisco o primer frío del año.

No parecen existir referencias legendarias o mitológicas al respecto, aunque sí hay algunas consejas con tintes de leyenda cristiana. Por ejemplo, siendo San Francisco el patrón de las lluvias, él se encarga de  regar los campos y llenar las presas de agua a lo largo del año. Cuando se aproxima el día 4 de octubre, la gente lo recuerda y le hace fiesta; a partir de entonces, él se toma un largo descanso. Antes de ello, y para llegar muy limpio a su festejo, sacude su hábito y es cuando el cordón se mueve vigorosamente en el cielo y trae la primera onda gélida, así como las últimas gotas de lluvia. Texto tomado del blog de Homero Adame.

Otra conseja popular dice que con el cordón que San Francisco tiene amarrado su hábito o sotana, le da una sacudida (cordonazo) a las nubes para que caiga toda el agua que queda en ellas. Según esta conseja, alrededor del 4 de octubre (día de San Francisco) cae un aguacero muy fuerte, más que el de las temporadas de lluvia.

Muchos campesinos tienen una conseja adicional: Si el cordonazo de San Francisco no llega en las fechas esperadas, entonces habrá fuertes heladas tempranas que afectarán los campos de cultivo cuando aún no se han levantado las cosechas. Texto en un blog de Homero Adame.

¿Qué sabes de esta costumbre oral? ¿Qué cuenta la gente en el lugar donde vives? Si sabes más sobre el cordonazo de San Francisco y te gustaría compartirlo con los lectores, bienvenido; ya leeremos tu aportación con mucho interés y otros seguramente la comentarán. Texto en un blog de Homero Adame

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Si te interesa este tema, ve al blog de

Mitos, leyendas y tradiciones de México

También puedes leer un relato sobre San Francisco de Asís en este enlace:

El peregrino

Una leyenda del origen del nacimiento

EL ORIGEN DE LOS NACIMIENTOS

(Según una leyenda cristiana)

De acuerdo con la leyenda, el origen del nacimiento se remonta a la época de Giovanni Bernardone (1182-1226), mejor conocido como San Francisco de Asís, quien fue el primero en montar un nacimiento viviente para escenificar el natalicio de Jesús. Foto de Homero AdameLa fecha exacta es desconocida, pero pudo haber sido en el año de 1223. Después de que fundó la orden franciscana, él solía recorrer poblaciones de su natal Italia con el fin de predicar la palabra de Dios. En ese invierno de 1223, mientras andaba cerca de Rieti, lo sorprendió la Navidad en la ermita de Greccio -ahí es donde se inspiró y reprodujo el nacimiento del niño Jesús. Con ayuda de otros clérigos, construyó una casita de paja, un portal y un pesebre, e invitó a todos los lugareños a reproducir la escena viviente, con José y María, el niño recién nacido, los pastores y hasta un buey y un burro para complementar la escena. Leyenda de Homero Adame.

Cuando por Foto de Homero Adamefin se arraigó esta tradición en Europa, por mucho tiempo se mantuvo con nacimientos o belenes vivientes -principalmente en los recintos religiosos- hasta que poco a poco se fueron elaborando figuras e iconos y se expandió a los hogares de los fervientes cristianos. Se cree que el primer nacimiento hecho con figuras de barro se construyó en Nápoles, también en Italia, a fines del siglo XV. A partir de esa fecha, el Rey Carlos III ordenó que la costumbre se extendiera por todo su reino. Artículo de Homero Adame tomado de su blog en https://adameleyendas.wordpress.com/2010/10/15/una-eyenda-del-origen-del-nacimiento/

Esta leyenda, Foto de Homero Adameaunque no es mexicana, viene a cuento porque en México sigue muy vigente la tradición de colocar nacimientos en época navideña. Para muchos siempre es interesante saber el origen de las cosas, aunque sea de manera legendaria.

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La leyenda es un fragmento de un artículo mío que salió publicado originalmente en el número 262 de la revista México desconocido, en diciembre de 1998, con el título: “Los nacimientos – Una tradición centenaria”.
En la página de internet de la misma revista se puede acceder al texto original, bajo el título “Los nacimientos, una tradición milenaria”.

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Si quieres leer una versión actualizada del mismo artículo, te invito a que sigas este enlace para visitar otro blog: Los nacimientos en México.

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