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Xantolo en la Fiesta de Luz 2012 en San Luis Potosí

Este video es del evento de Fiesta de Luz que se proyectó en la Plaza de Fundadores de San Luis Potosí en diciembre de 2012. Todo el concepto del diseño fue hecho por técnicos de la Secretaría de Turismo del estado y estudiantes de Diseño Gráfico y de Animación de la Universidad Tec Milenio, quienes se basaron en un texto que escribí ex profeso. Dicho texto es el que aparece abajo del video.

XANTOLO

Texto original de Homero Adame

Es una tarde gris, no tanto por el color del cielo sino por los atuendos de la gente y el ambiente sombrío de las familias que están reunidas en el panteón, cada cual alrededor de las tumbas de sus difuntos; tumbas sin colorido ni cruces o imágenes cristianas, tumbas de tierra humildemente adornadas con las ofrendas consistentes en alimentos y bebidas, así como el humo de los inciensos. El ambiente es de seriedad absoluta, de reflexión; ambiente de tristeza. Los mayores apenas murmuran algo entre sí. No hay cantos ni rezos, sólo pensamientos de recuerdos; tampoco se escuchan llantos porque nadie acostumbra llorar. Solamente el viento produce ruidos con las hojas marchitas que ruedan por ahí. Ese silencio es por momentos interrumpido cuando se oye algún manazo que se le da a un niño inquieto. Sus padres de esa manera le piden sosiego, silencio y respeto, mucho respeto porque hoy es el Día de los Fieles Difuntos y la tradición indica que nada debe alterar su descanso.

Así es la costumbre entre los nativos de la sierra Huasteca, los téenek o huastecos, quienes cada año puntualmente van a los panteones de sus aldeas o pueblos para recordar a los que han muerto. Pasan la noche en vela y todo el día siguiente junto a las tumbas, conviviendo con sus difuntos en silencio y a través de los recuerdos. La costumbre se ha mantenido inalterada desde sus orígenes, que nadie sabe cuándo empezó.

Pero esta tarde sucede algo extraordinario, algo que trastoca las rutinas, la costumbre, la tradición. La gente se siente alterada y temerosa ante la aparición de un ser fantasmal, Huehues - Danzas huastecas - Homero Adameenmascarado, que anda bailando entre las tumbas. Se oye música, pero no hay músicos ejecutándola. La gente mira con incredulidad primero, asustada después, y huye ordenadamente del panteón. Es gente supersticiosa. Todos hablan entre sí, tratando de explicar lo que han visto. Unos deciden refugiarse en sus hogares hasta que se vaya el espíritu maligno, mientras que la mayoría acuerda ir en busca del sacerdote, el chamán, para contarle acerca de lo que han visto en el panteón y pedirle que haga algo para expulsar a ese espíritu de ultratumba, cuyo único objetivo ha sido el de alterar la armonía entre la comunidad, según han concluido los mayores.

El chamán escucha intrigado el recuento de su gente. Sabe que existen numerosos espíritus que rondan en el monte, en las aldeas, en el panteón mismo, pero uno enmascarado que baila es inaudito; jamás había oído hablar de algo similar.

“Vaya al panteón”, le suplica la gente al chamán, cuyo rostro se ve más serio que de costumbre, rostro de preocupación.

El sacerdote acepta, pero antes de ir tiene que preparar algunas cosas, pues es posible que deba hacer algún ritual especial para ahuyentar al espíritu chocarrero. Entretanto, y por precaución, la gente va a sus casas para armarse con garrotes, hondas y piedras.

Sale la comitiva rumbo al panteón, con el chamán al frente y la gente atrás, armada y asustada. Entran al recinto y no es sorpresivo para nadie que el ánima enmascarada siga bailando alegremente entre las tumbas, al son de la música rítmica pero espectral. El chamán se acerca con cautela; la gente lo sigue a prudente distancia.

“¿Quién eres? ¿Qué quieres aquí?”, le pregunta el chamán al ánima, en lengua téenek.

“¿Acaso no me conoces? Represento la alegría y he venido aquí porque ya me cansé de verlos a ustedes tan sombríos y tristes en estas fechas de recuerdos, como si la muerte fuera una razón de tristeza cuando debería ser todo lo contrario”, responde el espíritu.

El chamán y el espíritu hablan por un buen rato, mientras la gente sigue atenta el curso de la conversación. En cierto momento, el misterioso ser enmascarado pronuncia unas palabras en una lengua que nadie entiende, excepto el chamán, quien comprende el mensaje y luego lo trasmite a los suyos. Les dice:

“Este espíritu es Xantolo que quiere enseñarnos cómo honrar a nuestros muertos con estas danzas”.

Debido a sus creencias supersticiosas y luego de haber oído al espíritu hablar, la gente piensa que más bien se trata de un chistoso que anda jugándoles una broma. Murmuran todos entre sí y uno de ellos se lo dice al chamán, quien con un ademán enérgico le pide callarse. Para entonces, el rostro del chamán ya no muestra señales de preocupación, pero sigue viéndose serio, como es su costumbre. Hace hincapié a su gente que Xantolo no es alguien de este mundo terrenal, nadie de carne y hueso, sino un espíritu benefactor como ya él mismo lo ha explicado.

En eso, y de nueva cuenta, Xantolo dice unas palabras en aquel lenguaje desconocido para los presentes y de la nada aparecen más ánimas igualmente enmascaradas que también se ponen a bailar como si todo fuera una fiesta, y no un día para sentir y expresar tristeza. Advierten que las máscaras son como de ancianos lo cual es interpretado como si representaran a sus ancestros. La música espectral suena más fuerte y rítmica y la gente empieza a moverse con cierto nerviosismo e incluso temor, pues bailar en un cementerio es, hasta ese entonces, considerado como una falta de respeto a los difuntos.

El chamán, con torpeza porque jamás baila ni en las ceremonias, comienza a imitar los movimientos de Xantolo y de su séquito hasta unirse a esa danza con gran ánimo. Poco a poco la gente pierde sus inhibiciones y también se une a la danza. Quienes saben tocar música fueron a sus hogares por sus instrumentos y luego siguen las notas espectrales hasta aprendérselas.

Ese día gris, de acostumbrada tristeza, termina con el crepúsculo bajo un ambiente de gran animación. El chamán y los habitantes del pueblo se retiran del panteón cuando, con la oscuridad, Xantolo y su séquito de danzantes se desvanecieron, no sin antes haberles dicho, en lengua téenek:

“Quiero agradecerles a todos ustedes por haberme escuchado y aceptado terminar felices este día. Mi agradecimiento es también el de sus difuntos, quienes han disfrutado de la música y las danzas. Espero que este día jamás sea olvidado por ustedes y por las generaciones por venir porque celebrar a la muerte es un acto de júbilo”.

Con el crepúsculo de aquella tarde diferente, Xantolo desapareció y los habitantes de esa aldea no sintieron temor. Acordaron ir a las aldeas vecinas para contar lo ocurrido y explicar las enseñanzas de Xantolo. Así lo hicieron, acompañados de los músicos que enseñaron a sus vecinos las melodías de esas danzas. Del mismo modo, los artesanos enseñaron a sus colegas cómo elaborar máscaras especiales que sirvieran para esas fiestas, máscaras que representaran ancianos.

De tal manera se corrió la voz por todos los pueblos de la Huasteca, y a partir de entonces la gente ha seguido la tradición de organizar danzas con huehues enmascarados que bailan en las calles y en los panteones con singular alegría para divertirse, en vez de sumergirse en un momento de llanto y amargura.

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Mitos y leyendas de la Huasteca: La sirena de Tamiahua

LA SIRENA DE TAMIAHUA (la ninfa de la Huasteca)

Leyenda de Tamiahua, Veracruz

Ésta es la historia de Irene, hija del finado Abundio Saavedra Rosas y de Demasía González Corona, quien vivía con su madre en un pintoresco pueblecito huasteco llamado Rancho Nuevo, entre Tampache y la hacienda de San Sebastián, en el municipio de Tamiahua en el estado de Veracruz. Irene era una joven hermosa de tez morena, ojos aceitunados y larga cabellera negra. Madre e hija eran muy creyentes y devotas de la fe católica, que seguían al pie de la letra, así como de todos los usos y costumbres de la misma.

Un día Jueves Santo, allá por los años de 1900 -1920, en plena Semana Santa –que eran días de vigilia o de guardar Irene– había ido a traer leña por el rumbo de Paso de Piedras (leñar es un acto prohibido en estos días). Regresó donde su madre y le dijo: “Ma, yo ando muy sucia y polvienta, que me dan ganas de echarme un baño”. Su madre le contestó: “No, hija, te condenarías. En estos días no debemos agarrar agua, mucho menos bañarnos”. Pero Irene le contestó: “Ay, ma, Dios me perdone pero yo aunque sea me voy a lavar la cara”. Tomó un guacal con dos hojas de jaboncillo y se fue rumbo al pozo a lavarse la cara.

De pronto, su madre escucho unos gritos de angustia. Era Irene quien gritaba: “¡Ma, ma, ayúdame! ¡Ma, ma, ayúdame!”. Luego, sus gritos se convirtieron en un triste cántico como de lamento.

Allí junto al pozo se levantó una gigantesca ola e Irene empezó a convertirse en otro ser, su boca como de pez, sus ojos más grandes, su negra cabellera y su piel se tiñeron como de rojo. Y lo más cruel fue que sus piernas desaparecieron, formándose debajo de la cintura una cola de pez, babosa y con escamas. La ola arrastró su cuerpo por el río rumbo al mar. Los lugareños la siguieron en pequeñas lanchas hasta la laguna. Cuando estaban a punto de alcanzarla, se apareció un extraño barco viejo, destrozado y feo. De pronto, Irene saltó hacia él, mientras esbozaba una sonrisa burlona y cantaba de forma macabra “Peten ak, peten ak” (giren, giren o circulen, en huasteco; hoy en día se dice petenera) para reunir en derredor de ella a toda la especie marina. Y así desapareció de la vista de todos.

Desde aquel entonces, su vieja y cansada madre cada Jueves Santo iba hasta la playa con la ilusión de volver a ver a su hija Irene. Sólo cuentan los pescadores que cuando oyen sus fúnebres cantos, se alejan del lugar porque aquel que la vea sufre desgracias, ya que Irene la sirena se convierte en una rubia y hermosa mujer de dulce vos y prominentes pechos. Se dice que algunos pescadores han muerto cuando la han visto, porque al acercarse miran un ser espectral y horroroso que dicen que les voltea las lanchas y embravece las olas hasta matarlos.

 

 Versión popular publicada en el libro Cuextecatl volvió a la vida, de José Reyes Nolasco, y enviada por el autor para publicarse en este blog.

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Mitos y leyendas de la Huasteca: Huehueyac Xonkaalli

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HUEHUEYAC XONKAALLI

El de larga o grande cabellera

Existió alguna vez allá por el año 1200 un horrendo hombre de larga cabellera, ojos destellantes y hocico como de fiera, que por su pelo se confundía con las mujeres de Xonkatlan (lugar de cabelleras o de greñas sueltas), una aldea huasteca, gobernada por una mujer llamada Tezitlal (estrella de piedra) en inmediaciones de la sierra de Kotontepetl (cerros partidos o separados). Pueblo dominado en ese entonces por el reinado de Tomiyahuatl, después de la caída del imperio huasteco chichimeca de Cuextlán.

Este sanguinario hombre que sobrevivió al exterminio total de varones, realizado por las satanizadas guerreras huastecas de raza negra, provenientes del imperio de Tam yam ija (entonces mucha agua) hoy Majaguales o Tamiahua la Vieja.

Huehueyac Xonkaalli habitaba en la espesa selva a salto de mata escondiéndose para no ser descubierto. Aquel hombre juró vengar a los extintos varones de Xonkatlan y aldeas vecinas, que fueron salvajemente castrados, flechados, desollados y devorados por estas sádicas mujeres.

Este hombre se valía de algún poder mágico para entrar al pueblo sin ser visto y robarse a una mujer cada tres días. Las llevaba a una cueva de la serranía, donde por medio de amarras las atacaba sexualmente hasta saciarse, para después cortarles los senos y matarlas. Y como burla o ejemplo de poder, ya muertas las llevaba a cambiar por otra mujer viva. Acto que tuvo indignadas por mucho tiempo a las salvajes guerreras, que por muchas trampas que le pusieron no lo podían descubrir. Temerosas pensaban también que era un ser divino con el que no podrían jamás.

Para fortuna para ellas, una madrugada lluviosa, cuando Huehueyac se llevaba a otra guerrera en brazos, cayó un estruendoso rayo y despertó a todas las mujeres de la aldea y a la que llevaba en brazos también. Ésta despierta lo aprisionaba con sus férreas manos para dar tiempo a que las demás aldeanas lo tomaran preso.

Bajo la lluvia en un rito con danzas y grandes hogueras, le arrancaron los ojos, las uñas de pies y manos, lo castraron, lo flecharon, lo desollaron y lo devoraron.

Para así terminar con el mito de Huehueyac Xonkaalli y vivir tranquilas para siempre, empezando a rendir tributo al Dios “Tlapetlantli” (Trueno o rayo), hasta la muerte de Tomiyahuatl en Tenayucan capital de la huasteca en aquel entonces.

Aunque en ocasiones cuando hay tempestad, gentes de algunas comunidades de la sierra han visto en aparición a este horrible hombre cargando a una mujer ensangrentada, causando gran espanto a las gentes que logran verlo. Y lo apodan “tekuani temiktiloni” (bestia asesina).

Leyenda publicada en el libro Cuextecatl volvió a la vida, de José Reyes Nolasco, y enviada por su autor para publicación en este blog.

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Mitos y leyendas de la Huasteca: La Tepa del río Tancochin

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LA TEPA DEL RÍO TANCOCHIN

Leyenda huasteca

 En las márgenes y a todo lo largo del extenso río Tancochin, río que nace en la caída de agua de la sierra de Kotontepetl, en el municipio de Tancoco, y atraviesa los municipios de Naranjos-Amatlán, Chinampa, y desemboca en la laguna de Tamiahua, entre Saladero municipio de Tlamalín y Reforma municipio de Tamiahua, se han escuchado infinidad de cuentos, relatos e historias, como la leyenda de la Tepa.

Según cuentan los abuelos, la Tepa era una mujer muy hermosa, de cara bonita, alta, blanca, de larga cabellera, cuerpo bien torneado, prominentes pechos, ojos coquetos y sonrisa encantadora, cuando se apreciaba de lejos. Pero al tenerla cerca, su apariencia cambiaba totalmente. Su rostro se mostraba pálido y amarillo, sus ojos destellaban odio, su pelo desbaratado, las uñas de las manos largas y filosas y su boca demasiado enojo.

Cuando la Tepa estaba contenta, interpretaba cantos muy tristes en una lengua extraña. Totalmente desnuda se metía al agua y con un guacal se rociaba agua por todo su hermoso cuerpo; al bañarse mostraba todos sus encantos.

Hay quienes aseguran que a las 12 del día, al llegar o estando en sus milpas, de repente sentían una ráfaga de viento que movía todos los arboles, apareciéndose como por arte de magia, sin dejar pasar a nadie por el camino, llenando de ramas y abrojos todas las salidas. Produciendo enorme susto a quienes lograban ver a la Tepa, que en ocasiones sufrían de fuertes fiebres y alucinaciones por muchos días, que algunas personas fallecían por esta causa.

Todos los habitantes de esta región por generaciones, sabían y conocían muy bien el mito de esta terrorífica mujer, que algunos ya venían preparados, con agua bendita, caña o aguardiente y algunas oraciones para alejarla del lugar.

Por eso cuando sembraban preparaban mucha comida, café, agua limpia para beber, pan, tortillas y aguardiente, para comer en la milpa, acompañados de sus peones.

No sin antes ofrendarle a la Tepa en un lugar especial del monte, de la siguiente manera:

  • En siete cazuelitas muy pequeñas de barro colocaban la comida, siete tacitas también de barro colocaban los líquidos (café, agua y aguardiente).
  • Colocaban en el improvisado altar dos copaleros con brasa e incienso, figurillas de barro y caritas sonrientes conocidas como teopaquetl, hoy en día se conocen los restos de barro como tepalcates (vasijas divinas, porque se ocupaban para ofrenda).
  • Después de haber compartido con la Tepa y los peones, hacían un hoyo en medio de la milpa, donde depositaban todo lo que les había sobrado.
  • Para darle de comer a la madre tierra, también encima rociaban el agua, el café y el aguardiente.

Este ritual lo acostumbraban hacer en todas la comunidades huastecas, aunque en algunas de ellas nunca se hubiese aparecido la Tepa.

Se dice que allá por el año de 1960 en una comunidad de Tamiahua, conocida como Buena Vista, al levantar la cosecha, cuando estaban variando el frijol y a la hora de comer sus lonches, se les apareció de repente la Tepa a cinco campesinos.

Entre ellos estaba uno llamado Melitón Santiago, quien sacó su machete y le grito “¡hasta aquí llegaste bruja, hija de tu humilde madre!

 Se le echó encima a machetazos pero sin tocar su cuerpo, siguiéndola hasta perderse en el espeso monte, mientras ella se carcajeaba burlonamente.

 Sus compañeros quedaron estáticos con sus pies engarrotados, gritando angustiosamente ¡Melitón, Melitón, Melitón…!

Después se arrodillaron implorándole a Dios que los ayudara, sin saber que Melitón había desafiado a fuerzas extrañas de la naturaleza, provocando la ira de la Tepa, que se lo llevó para siempre.

Juan uno de ellos corrió a la comunidad para avisar lo sucedido. Al llegar al pueblo gritaba que ¡a Melitón se lo llevó la Tepa! Toda la gente del pueblo se organizó para buscarlo por muchos días, mas no dieron con él. Después de unos cuarenta días, unos vecinos de Tampache encontraron el cuerpo disecado totalmente, la piel bien adherida al esqueleto, como si lo hubiesen chupado. Sólo por sus ropas lo reconocieron. Sí, no había duda, ¡él era Melitón!

Durante esos cuarenta días todas las milpas sufrieron ataques de la Tepa, quebrando las plantas de maíz y arrancando de raíz las plantas de frijol, no así donde habían sembrado ajos y chonacates o cebollinas.

Y los demás campesinos empezaron a sembrar también ajos y chonacates en sus milpas, para alejar a la bruja llamada Tepa que no ha vuelto más por estos lugares.

Nota: Tancochin es una palabra téenek que tiene su origen en un pueblo huasteco del municipio de Tamiahua, muy cerca de la desembocadura del rio con el mismo nombre. Este pueblo huasteco se fundó allá por el año 1180, bajo el dominio del rey Atl-aua, rey de Tamyamija uxquae o Tamiahua la vieja.

De lo que se deriva su nombre, es porque los aldeanos de Tancochin navegaban río arriba en improvisadas balsas para cazar venado, pasando por Yancucum (hoy la laja Moralillo) municipio de Tancoco, hasta la hermosa cascada que sirve de afluente a este río, que anteriormente también se alimentaba del manantial de Agua Zarca que allá por el año de 2009 fue desviada para llenar la represa de Tlamalín y que pasó a mermar la corriente de este importante río.

Significado de Tancochin, en tének, Tan: canoa o balsa, koch u tan: anchura, chin: buche y ch`iin: lanzar o lapidar. Ta`an: ceniza, koch: carga, ko`och: higuera y ch`iin: echar. En conjunto podría ser “echar carga a la balsa” o “echar carga de ceniza”. Descartando la hipótesis de que el nombre viene de tanco por Tancoco y chin por chinampa, ya que el pueblo de Tancochin fue antes que el de Tancoco.

Leyenda publicada en el libro Cuextecatl volvió a la vida, de José Reyes Nolasco

Y enviada por su autor para publicación en este blog.

 

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Cuentos huastecos: “Miquen-Xantolo” – Culto a los muertos

“MIQUEN-XANTOLO”

(Todos muertos todos santos)

Amén de estar aquí, dejando pasar las horas, las negras nubes amenazan con desplomarse, pronto va a llover, las bancas del parque a la bandera, van quedando vacías, hoy viernes grande, viernes último del mes de octubre, allá donde las risas infantiles me confunden de niño y veo el rostro de mi padre muerto, que pronto estará conmigo compartiendo estos días de fiesta y dolor, pero es viernes grande, tianguis o plaza de la curva como se le quiera llamar, todos se preparan, compran lo esencial para recibir a sus difuntos; huacales, canastos, comales, copal, copaleros, candelabros, velas, alimentos varios. Los vendedores ambulantes pregonan sus ofertas, todo es agitación, movimiento, es calor humano compartido, el aroma a copal penetra, en mi cuerpo, penetra en mis recuerdos, liberando con ello mi redimido espíritu, el copalero es elevado con la gracia y tranquilidad que solo mi madre puede poseer, esparciendo generosamente el sahumerio, el incienso de dios, agradable sensación, misteriosa y profunda. Los cohetes afirman que ya es la entrada de los fieles difuntos, sí claro que son fieles ¿qué muerto nos podría engañar? Sólo el muerto de hambre como yo, o el muerto de miedo como tú, tú mismo miedo es lo que impide tener valor para vencer a la muerte en el nombre de Cristo Jesús. La flor despicada, esparcida sobre el camino o vereda, señala el rumbo que en vida tantas veces recorrió el difunto o difuntos, que llevan años entre sombras o gloria de salvación según el tipo de vida en que se preparo el difunto antes de su partida. El son de los viejos llega a los oídos de los mismos viejos, los jóvenes contemplan, los niños ríen, los monarcas hacen rueda y bailan, conversan, traen a un negrito que recita versos picarescamente, acompañado de un “tlaquechanequetl” (hombre vestido de mujer) que representa a la Malinche, el negrito con un machete y una máscara que se levanta cada vez que dice un verso para que se escuche mejor, y dice así:

Aman kena lamatzin, Aman kena huehuetzin, Pobres de nuestros nietos, La vida empezando para ellos

Y el mundo se va a acabar, La vida es alegría tan bella, La hermosa naturaleza

Es su hermana, su aliada esencia, La naturaleza genera energía, árboles, flores, hijos,

La vida los alimenta, Aman kena lamatzin, Aman kena huehuetzin.

“Ahora si viejita, ahora si viejito”

Danzan, caminan cansadamente, pausados, encorvados, en sentido contrario, conversan en su lengua madre, en la lengua náhuatl o mexica; la Malinche y los demás monarcas danzantes bailan en los costados dando unos pasos rústicos y a la vez cómicos, con vestimentas chuscas, con corona como si fuesen reyes, sólo que el resplandor no lo provoca el oro sino los espejos que en ella portan, también usan una capa como la usaban los nobles durante la conquista, también se cuelgan listones de colores, típicos a los reyes huastecos, cargan un morral lleno de corcholatas y lo suenan al danzar simulando tener mucho dinero, también llevan un cetro de cartón y madera en una mano y en la otra una sonaja para acompañar rítmicamente a la jarana y al violín que ejecutan los “tlozozonquemen” (músicos). Esta danza es un rito por eso se les pide a los presentes no aplaudir, ya que son días de luto y dolor, para los vivos y de fiesta para los difuntos. La música continúa, los monarcas siguen danzando y se contonean, dan la vuelta y miran las tumbas del panteón, frente a las tumbas está un arco de zempoalxochitl, olivo, alimonaría y mano de león, este arco simula el paso o la puerta que limita la vida y la muerte, que al llegar los difuntos y al atravesarlo se encuentran con nosotros los vivos por el bautismo. En el arco se cuelgan naranjas, plátanos, manzanas, mandarinas, uvas, cacahuates y pan de mono, en la parte baja, sobre hojas verdes de plátano, se colocan, tamales de pipían, de fríjol, de carnita de pollo o de puerco, atole de máiz de masa y chocolate, que según era lo que el difunto prefería. Los difuntos nos visitan, están con nosotros, desayunan, comen, cenan y se van, pero aunque se marchen regresaran, los cohetes truenan por doquier con angustia desmedida, hasta cuándo volverá mi padre, hasta cuándo volverá mi abuelito, hasta cuando mis difuntos amigos, no lo sé, simplemente esperare un largo año para tenerlos aquí, lo más extraño es que solo en estos días nos podemos acordar de ellos, porque el resto del año sólo son muertos y nada más.

Texto escrito por José Reyes Nolasco, de Cerro Azul, Veracruz

Y enviado para su publicación en este blog en octubre de 2011

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Mitos y leyendas de la Huasteca: La bruja de Tepetzintla

LA BRUJA DE LA HUASTECA

(La Bruja de Tepetzintla)

En el pueblo de Coopaltiquetl o Coopalchiquetl (hoy Coopaltitlan), a principios de siglo XX, poco antes de la Revolución, vivió una mujer llamada Marcelina Luis Morales, quien era muy conocida porque se trasformaba en animal, amparada bajo el manto oscuro de la noche; se valía de polvos y brebajes raros para dormir y dominar a su esposo Macario Cruz Hermelindo. Marcelina poseía un aspecto deprimente, puesto que daba la impresión de que no dormía ni comía nada, ya que tenía grandes ojeras y su tez demasiado pálida, sus largas uñas parecían garras de animal salvaje, su cabello era muy escaso y delgado hasta el grado de tener espacios vacíos como de calvicie.

Justo a las doce de la noche, en su alejado jacal, rodeado de árboles viejos con ramas grandes y sombrosas, en medio de ellos había un pozo profundo donde a esa hora Marcelina empezaba un extraño ritual: rociaba aguardiente con la boca y ahumaba con copal todo el lugar, hacía oraciones y rezos demoníacos, en forma extraña que hasta le cambiaba la voz. Posteriormente, hacía lumbre en el suelo y se ponía a brincar de un lado hacia otro durante un buen rato. En determinado tiempo de estar saltando esa hoguera, se sentaba frente a una “lejía” (recipiente hecho de lodo forrado de ceniza para almacenar agua) y empezaba a untarse ceniza húmeda en las rodillas hasta que se desarticulaba sus extremidades, quedándose sin rodillas y pies. Su rostro se desfiguraba por completo, apareciéndole un hocico y colmillos punzantes, con las piernas y manos como ancas de rana. Entonces comenzaba a salir sangre espesa de su espalda e inmediatamente le brotaban unas alas negras y gigantes que le cubrían todo su cuerpo.

En silencio, bajo las sombras de la noche, pensaba y pensaba a qué hogar atacar. En cuestión de segundos empezaba a volar en busca de niños recién nacidos para chuparles la sangre hasta dejarlos vacíos. Su lengua era también enorme y larga que le permitía atacar a los bebés desde muy lejos, dándose prisa para que no la sorprendiera el día, pues de lo contrario nunca podría volver a su estado natural.

Una noche, Macario su esposo llegó sin avisar, cuando regresaba de un baile en San Juan a su casa y quiso darle una sorpresa a su mujer. Se escondió tras las plantas de maíz para poder acercarse; brincó la cerca de otate y se asomó por la ventana. El fuego de la hoguera iluminó su asombrado rostro, que se quedó sin habla ante lo que estaba sucediendo. Vio cuando Marcelina saltaba la hoguera de lado a lado y no le quedó la menor duda de lo que la gente andaba hablando de ella. ¡Sí, descubrió que su vieja era aquel temido y odiado ser del que tanto se comentaba en casi toda la sierra y que tantos males había causado! Era tan mala y vivía tan hambrienta que hasta a sus propios hijos les había chupado la sangre hasta matarlos.

Cuando Macario  la vio trasformada, sintió que la odiaba con toda su alma. De pronto se quedó triste, sentado en la parte trasera del jacal, abrazando un morral empolvado que contenía ropa y un sombrero pequeño. Derramó unas lágrimas y se quedó con la mirada perdida, estática como si hubiese muerto. Ella, la mujer que tanto tiempo había sufrido la pérdida de sus tres hijos, era la misma que los había matado.

Entonces, Macario escondido horas después tras la puerta, espiaba, veía como se estaba quitando sus extremidades inferiores y una vez que se aseguró que ya no había nadie en el jacal, rápidamente tomó las rodillas y corrió hacia la sierra de Kotontoctepetl y en un lugar muy alejado, allá las enterró y regresó para terminar su venganza, de tal manera que cuando la bruja llegó de su terrible viaje, el jacal estaba ardiendo en llamas, todo estaba perdido. La bruja estaba desesperada, intentando apagar el fuego para poder recuperar sus extremidades, pero nunca lo logró y quedó convertida en animal sin rodillas hasta que se enfermó de tristeza y murió.

Se cuenta que su alma vaga en pena por los montes y pueblos cercanos. Hasta dicen que revive en los cuerpos de otros brujos o brujas, en el mes de marzo que es cuando iniciaba el año del calendario indígena, para seguir haciendo sus terribles males.

Notas:

1. Versión popular compilada por José Reyes Nolasco y publicada en su libro Cuextécatl volvió a la vida.

2. La versión que leemos en este blog es más corta que la original y ha sido publicada aquí con el consentimiento de su autor, quien también envió las imágenes.

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Mitos y leyendas de la Huasteca: Cuextécatl

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CUEXTÉCATL

1036-1116

En esta zona de Tepetzintla se encontraba la ciudad más grande y organizada de todo Huastecapan, con aproximadamente cincuenta mil habitantes, que fue gobernada por el rey huasteco Almehen Muy (conejo noble), aliado del sacerdote tolteca, Huemác (manos grandes) quien sustituyó de manera interina, desde 1039, a Xiutlaltzin (venerable tierra de turquesas) viuda del rey O-Mitl (el huesudo), quien murió en 1035.

En aquellos tiempos, existió una pareja muy joven formada por Ketun (piedra preciosa) y Bilim nacon hobon (gran sacerdote sabio) que engendraron a un niño al que pusieron por nombre Albin hobon (niño sabio) y educaron con mucho ahínco, hasta la edad de 12 años.

Según la leyenda, este niño desapareció misteriosamente del lugar, –quizás estuvo preparándose en algún Calmécac (escuela donde se preparaban los nobles para oficios sacerdotales)– y después de 20 años regresó mostrando gran sabiduría y preparación, tanto que dominaba a la perfección cuatro lenguas diferentes, enseñando a su pueblo la lengua náhuatl, siendo ésta muy fácil de aprender y se usó y sigue usándose como lengua franca para la comunicación en muchos pueblos indígenas. Texto de José Reyes Nolasco

Tras la muerte de Almehen-Muy, Albin hobon o Cuextécatl (abuelo o anciano de los huastecos), a tan corta edad se convirtió en rey del imperio al que le llamaron Cuextlán. Dada su capacidad ideológica, estratega, inteligencia y gran valor, logró establecer alianzas con los nahoas (gente superior o gente que manda), otomíes (othón significa no poseer nada y mí, cazadores que caminan cargando flechas) y los chichimecas (raza o linaje de perros), para defenderse de los ejércitos invasores. Su reinado se extendió entre los tének, pames, nahuas, tepehuas, e incluso hasta los totonacos (prueba de ello que su centro ceremonial, el nombre que lleva Tah k´in –Tajín o lugar de trueno– es vocablo tének).

Según la leyenda de Cuextécatl, cuando regresó del Calmécac desconoció a sus padres. Éstos le preguntaban qué fue lo que lo hizo cambiar y decir que ya no tenía padres, y él les contestó que se debía a alguien mucho mayor a todos los humanos. Ante la presencia de ellos se despojó del bonete o gorro cónico y les mostró su cabeza totalmente rapada y comenzó a relatarles la experiencia obtenida en aquel Calmécac, donde días antes de su retiro, tuvo algunas premoniciones, en las cuales primero se vio en total desgracia buscando, humillante, una mano amiga que le brindara ayuda, y le pidió a los dioses que le indicaran el camino de la verdad, pero ellos le respondían con acciones muy confusas que no le satisfacían, razón por la cual lloró enormemente, y se vio por años prisionero de grandes y poderosos guerreros, hasta el día de su muerte. Cuando despertó estaba en un monte espeso y solitario con mucha hambre, allí sólo encontró agua fresca y cristalina de la que bebió; luego caminó sin rumbo fijo hasta que de agotamiento le dio tanto sueño quedándose dormido y comenzando a soñar nuevamente, viéndose lleno de felicidad, con un mundo de almas dichosas a sus pies, mostrando gran poder de espiritualidad, dominando en todo su origen al mal y a la muerte. Texto de José Reyes Nolasco.

Tuvo un tercer sueño, que fue terrible: sentíase atacado por feroces fieras, serpientes y seres monstruosos como Mictlantecuitl (Mictlan, lugar de los muertos; técuitl, oscuridad de la noche o sea, “señor del país de los muertos y la oscuridad de la noche”) que le dio tanto miedo, pero de pronto se le apareció su madre a la que había dejado abandonada. Extendiéndole los brazos buscó su protección con los ojos llenos de lágrimas, se lanzó sobre ella, pero se desvaneció y él despertó con gran lamento. La cuarta noche soñó que se encontraba flotante en el cielo, alcanzando las estrellas, todos los astros y el cielo. Vio las almas agrupadas en parejas mostrando gran felicidad, pero de pronto vio esas almas desfallecer y descendiendo cada una al inframundo y con ellas caer él también para luego despertar de ese suplicio.

Más tarde volvió a quedarse dormido y vio un círculo luminoso que daba vueltas. Dentro de éste se hallaban muchos guerreros que luchaban a muerte despedazándose encarnizadamente y se escuchaban horribles gritos ensordecedores de dolor, de ira y de espanto. Atento a esta escena y preso de terror, despertó nuevamente y ya no quería dormir jamás, pero el sueño lo vencía y otra vez soñaba, pero ahora con un hombre blanco que llegaba del mar, con su rostro lleno de quietud y de paz, con mucha fuerza y voluntad, con acciones llenas de honestidad, de entrega a su raza, con voz suave que sus palabras llevaban luz espiritual, para ser escuchadas con gozo. Este hombre blanco castigaba el mal y vencía a la muerte, pero de pronto emprendió su camino hacia el mar perdiéndose en las aguas. En otro sueño, Cuextécatl se quedó esperando en la orilla del mar su regreso, por mucho tiempo hasta que el hombre blanco volvió con ejércitos de hombres armados parecidos a él, pero su semblante había cambiado totalmente: era ya de aspecto cruel y frío; sus ojos reflejaban la muerte.

“¡Padre, madre!”, les dijo Cuextécatl al concluir su relato. “Vi cómo cruelmente los hombres blancos destruían y mataban a todos juntamente con mis hermanos, aniquilando a pueblos enteros. Entonces se me aparecieron los dioses, los cuales me recomiendan una vida pura y sana y así estar preparado para el día que esto suceda y poder salvar a mi pueblo, es por eso que ya no puedo llamarles padres, y desde hoy yo seré el caudillo que salve a mi raza”.

Pasó el tiempo. En cierta ocasión los toltecas tomaron cautivo a Cuextécatl y fue sentenciado a muerte, pero antes de ser ejecutado conoció a Quetzalcóatl que abogo por él, siendo liberado y haciéndose muy amigos desde entonces. Al conocer la forma en la que había llegado hasta Tollan (Tula), Cuextécatl pensó que se estaba cumpliendo la realidad de sus sueños, puesto que Quetzalcóatl era el hombre blanco que vino del mar.

Pero todo su destino cambió totalmente cuando para festejar tuvo una reunión en el reinado de Cuextlán (1088), hoy Tepetzintla, con varios señores, patriarcas, sacerdotes y caudillos; reunión mejor conocida como Tlacualli mayahuale (comida de los bocoles o banquete de Mayahuel –Mayahuel también se asocia a la palabra “mayanaliztli” que significa hambre), reunión con la intención de colocar maderos en las partes más altas de los pueblos, en forma de cruz para protegerse de los demonios. Por iniciativa de Quetzalcóatl II los reunidos tomaron cuatro guacales de pulque (4 número sagrado), pero Cuextécatl fue tentado por Tezcatlipockle (espejo humeante) y se bebió unos de más, para después desnudarse y causar desfiguros, que según inconscientemente abusó de la princesa Xochitl (florecita), la hija de Papatzin (quien descubrió la manera de extraer el agua del maguey o pulque en años anteriores) y por lo que cuentan que Cuextécatl bebió néctar en las manos de la diosa, pero después que se dio cuenta de lo que había hecho le dio tanta pena, pues esta acción hizo que perdiera su sacerdocio y desnudo empezó a correr de Cuextlán (Tepetzintla) hasta Pantlan (Pánuco). El jefe guerrero Tlayolo (Corazón de tierra) con sus acompañantes lo siguieron y para que no se sintiera tan mal, también desnudos y corriendo detrás de él, hasta llegar a la región que hoy en día se conoce como Pánuco, donde formó la nueva Huastecapan, no sin antes Cuextécatl agarrar otra borrachera donde perdió su cetro o bastón en un lugar que le llamó Tancuayalab (canoa o balsa con el bastón del soberano) dentro de esta zona. Fundó también el pueblo de Tamuín (víboras o serpientes, también puede ser remolino de agua) o Tamuianchan (país de muchas víboras) que tomó como capital temporalmente antes de llegar a Pánuco.

Allá por el año de 1115, Cuextécatl murió en Pánuco antes de la destrucción de Tollan o Tula. Luego estalló una revolución y con ella la ruina del imperio de Tollan o del pueblo tolteca. Apareció tal como en la profecía de aquel entonces, un colibrí con espolón de gallo, el cual trajo la desgracia, pues se desataron torrenciales aguaceros, huracanes que acabaron con todo y si esto no fuera suficiente, vino una época de cruel sequía que acabó con el resto del poder tolteca. Además, llegaron las enfermedades que continuaron arrasando vidas y por último la invasión de los chichimecas, hombres bárbaros que hicieron que terminara la historia tolteca en 1116. Los chichimecas, tribu o cultura que respetaba demasiado al rey Cuextécatl como su aliado, pero al saberse ya muerto éste, se acabó el respeto hacia el pueblo huasteco que por muchos años había sido su aliado y fue sometido salvajemente a base de la fuerza guerrera.

Así comenzó a realizarse la profecía de Quetzalcóatl: el rey era bueno al principio, pero se hizo vicioso y de mala conducta y muchos nobles y sacerdotes lo imitaron.

Nota: este relato fue enviado por Francisco Segura Bueno originalmente como comentario al post de Los huehues, un legado de Xantolo. Él explica que dicho relato fue tomado del libro Cuextécatl volvió a la vida, de José Reyes Nolasco, quien dio su visto bueno para que fuera publicado en este blog.

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Mitos y leyendas de la Huasteca: El hombre mám

EL HOMBRE MÁM

Leyenda escuchada en Huehuetlán, SLP

En toda la Huasteca existen infinidad de historias, mitos, leyendas y cuentos relacionados con los fenómenos naturales, como las lluvias, las sequías, los incendios forestales. Muchos de esos relatos contienen elementos ricos en mitología y dan explicaciones del porqué de las cosas, o bien, dejan una enseñanza.

Los ancianos de Huehuetlán todavía cuentan que hace muchos, pero muchos años, en la cima del cerro Tamáb vivía una pareja sin hijos. El hombre cultivaba maíz en sus milpas, las cuales daban cosecha todo el año porque siempre había humedad en sus tierras. La gente de los llanos estaba muy preocupada: como abajo llovía muy poco, las cosechas eran malas, y por ende, sufrían por escasez de comida y para colmo, los ríos tenían muy poco caudal.

Sabían que el hombre de Tamáb bajaba al valle a vender su maíz, y como esto les provocaba envidia, aquellos habitantes acordaron celebrar una asamblea, para lo cual esperaron al hombre con su cosecha: querían hablar con él. Le preguntaron por qué él sí recibía lluvia en sus tierras y ellos no. El hombre les explicó sus razones, pero la gente no le creyó y lo metieron a la cárcel.

Al cabo de varios días, tocó el turno del gobernador para interrogarlo y el hombre dijo que si lo dejaban libre, él se encargaría de mandarles la lluvia. Nadie de las autoridades creía que ese hombre pudiera hacer tal cosa, porque ignoraban que en realidad era un Mám, un «señor de las tormentas». Aunque los facultados para otorgarle la libertad se mostraban renuente de hacerlo, el gobernador accedió a que el hombre volviera a su casa con la promesa de enviarles bastante lluvia.

El hombre Mám llegó a su hogar, en la cima del cerro Tamáb, y encontró a su esposa muy preocupada por su larga ausencia. Él le explicó todo lo ocurrido y le dijo que se había comprometido a mandar suficiente lluvia a la gente de los llanos. Su mujer estuvo de acuerdo. Leyenda de Homero Adame.

Efectivamente, esa tarde llovió en las partes bajas de la sierra, pero los habitantes quedaron inconformes y querían más y más agua para sus cultivos y para los ríos. Entonces decidieron subir al cerro para hablar de nuevo con el hombre Mám. Llegaron muy de madrugada, pero como él estaba ausente en esos momentos, maltrataron a la mujer porque su marido les había enviado muy poquita lluvia.

Cuando el hombre Mám regresó a su hogar esa noche, encontró a su mujer llorando. Ella le explicó lo ocurrido y, como respuesta a la falta de gratitud de la gente, él hizo que las nubes bajaran de Tamáb y se descargaran con furia en los llanos. Por días y días llovió como nunca antes; los ríos se desbordaron y los habitantes se vieron obligados a huir porque la corriente arrasó con sus casas.

Mientras tanto, en el cielo estaba Dios observando los acontecimientos y decidió llamar la atención al hombre Mám. Envió por él a varios de sus ayudantes, quienes bajaron a la Tierra y batallaron mucho para convencerlo, pues él intuía que lo iban a regañar. Sin embargo, una vez en el cielo, el hombre Mám rindió cuentas, pero Dios no quedó muy convencido y dijo que le iba a dar un castigo.

Así, Dios envió al hombre Mám a las tierras del norte hasta que aceptara su obligación, tanto de mostrar bondad hacia los humanos como de no abusar de su condición divina de controlar las tormentas. A la esposa la dejó viviendo en el cerro Tamáb. Pero resulta que, como el norte es un lugar muy solo y frío, en vez de que el hombre Mám aprendiera la lección, se volvió muy vengativo y por esa razón cada año él provoca los huracanes. No obstante, siempre pasa a visitar a su esposa y le deja buenas lluvias para que el maíz siga creciendo. Leyenda de Homero Adame. tomada de su blog.

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Esta leyenda, con un contenido de mitología tének (huasteca), salió publicado en el libro Mitos, relatos y leyendas del estado de San Luis Potosí. Editado por la Secretaría de Educación del Estado y la Secretaría de Cultura, en 2007. El diseño estuvo a cargo de Beatriz Gaytán, mientras que la edición la hizo Déborah Chenillo Alazraki y la corrección, Mary de Lara.

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Mito y leyenda, ¿cuál es la diferencia?

Mitos y leyendas de la Huasteca: Los huehues, un legado de Xantolo

LOS HUEHUES, UN REGALO DE XANTOLO

Leyenda escuchada en San Vicente Tancuayalab, S.L.P.

Existen muchas versiones sobre el origen de las danzas de los huehues. Por un lado, algunas apuntan que surgieron gracias a las tradiciones tének, pero otras afirman que es legado azteca cuando éstos conquistaron y subyugaron a la Huasteca. Sin importar cuál historia sea la correcta, lo cierto es que quienes las ejecutan están seguros de que sus danzas son anteriores a la llegada de los aztecas y, por lo tanto, son parte de su cultura ancestral, aunque ésta haya sufrido sincretismos.

Cuentan en San Vicente Tancuayalab que la tradición comenzó hace muchísimos años, un día en que se celebraban las fiestas de Xantolo y todo mundo andaba triste en el cementerio dejándoles ofrendas a sus difuntos -el aspecto de los panteones de aquellos tiempos era diferente al de ahora, pues no había cruces ni imágenes cristianas. La costumbre era sentir tristeza y llorar a los difuntos en su día; todos la seguían cabalmente.

Se dice que en esa ocasión, de la nada apareció un espíritu enmascarado que se puso a bailar entre las tumbas. Como la gente era muy supersticiosa y tenía muchos miedos, todos corrieron a sus casas y fueron a buscar al sacerdote -chamán tének- para contarle acerca de tal aparición y pedirle que hiciera un ritual para que con eso el ánima chocarrera mejor se fuera a otra parte y no los siguiera asustando. El sacerdote se dirigió al panteón, acompañado de los lugareños, y descubrieron que el enmascarado continuaba bailando alegremente entre las tumbas. Entonces, el sacerdote le preguntó: «¿Quién eres? ¿Qué quieres aquí?» El ánima respondió en lengua tének y así estuvieron hablando por un buen rato, mientras la gente seguía atenta el curso de la conversación. Luego, el misterioso enmascarado pronunció unas palabras en una lengua que nadie entendía, salvo el sacerdote, quien sí comprendió el mensaje, y luego trasmitió a los suyos. Les dijo: «Este ser es el espíritu del mismo Xantolo que quiere enseñarnos cómo honrar a nuestros muertos con estas danzas». Leyenda de Homero Adame tomada de https://adameleyendas.wordpress.com/2010/10/13/mitos-y-leyendas-de-la-huasteca-los-huehues-un-legado-de-xantolo/

La gente se mostraba escéptica y pensó que a lo mejor se trataba de un chistoso que andaba jugándoles una broma. En eso, y de nueva cuenta, Xantolo dijo unas palabras en aquel lenguaje desconocido y aparecieron más ánimas igualmente enmascaradas que también se pusieron a bailar como si todo fuera una fiesta, y no un día para sentir y expresar tristeza. A partir de entonces, se corrió la voz por todos los pueblos de las huastecas, potosina y veracruzana, y la gente ha seguido la tradición de organizar danzas con huehues enmascarados que bailan en las calles y en los panteones con singular alegría para divertirse, en vez de sumergirse en un momento de llanto y amargura.

Cabe mencionar que en la parte correspondiente al estado de San Luis Potosí a esta tradición le llaman «huehuadas», mientras que en la de Veracruz, «viejadas», pues son huehues disfrazados de mujeres. Asimismo, se cuenta que las máscaras de diablos surgieron con la religión católica, pues estos ángeles caídos pertenecen al catolicismo, no a la cultura tének. Aunque la cosmogonía ancestral de los nativos incluye demonios, antiguamente no eran ni rojos ni tenían cuernos.

Por último, la tradición de los huehues indica que luego de varios días de danzar en las calles, hay que terminar la Fiesta dedicada a Xantolo bailando en el panteón, pues fue así como empezó la costumbre, pero igual lo hacen porque los tének desean compartir esta alegría con sus antepasados, a quienes también les gustaba bailar. Leyenda de Homero Adame

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Para saber algo más sobre San Vicente Tancuayalab:

Cuando los misioneros franciscanos fundaron este pueblo, en 1545, lo llamaron San Francisco Cuayalab. En el año de 1767, al ser ascendido a villa, se le conocía como Villa Fundadores San Vicente. Mucho tiempo después, recibió el título de cabecera municipal, ya con el nombre actual.

Sus nombres históricos tienen varios orígenes: Cuayalab o Tancuayalab, porque así lo llamaban los nativos tének, en cuya lengua significa «lugar del bastón de mando»; San Francisco, porque es el fundador de la orden, y San Vicente, por ser el patrono de la localidad, aunque la fiesta «patronal» se celebra el 4 de octubre, día de San Francisco de Asís.

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Este relato salió publicado en el libro: Libro de Homero AdameMitos, relatos y leyendas del estado de San Luis Potosí, en 2007; coeditado por la Secretaría de Educación y la Secretaría de Cultura. La edición estuvo al cargo de la Mtra. Déborah Chenillo Alazraki, entonces Directora de Publicaciones de la SECULT. El diseño de portada lo hizo Beatriz Gaytán.

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