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Leyendas potosinas: La Cañada del Lobo

EL TESORO DE UNA BRUJA EN LA CAÑADA DEL LOBO

Leyenda de San Luis Potosí

Tesoro en Cañada del Lobo - Misterios de Homero Adame (1)

Portada -Misterios

Esta leyenda fue publicada en el libro “Misterios, leyendas de San Luis Potosí“, de Homero Adame, por graphStyle Editores, en octubre de 2014.

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El “Pollo” y “el velado” – anécdota de Linares, N.L.

UN VELORIO INVENTADO POR UNA BORRACHERA

 

Mi abuelo Isidro Lozano tuvo un hermano de nombre Francisco, a quien todo mundo lo conocía como Pancho y se distinguía, entre otras cosas, por su correcta y propia manera de hablar; es decir, jamás decía malas palabras -recuerda el Sr. Jorge Adame Lozano.

Con el paso de los años, ambos se casaron y fueron vecinos, pues vivían pared con pared o tapia con tapia. Uno de los hijos del abuelo se llamó Isidro, a quien todos conocimos como el tío Childo, pero los linarenses lo apodaban “el Pollo”. Por su parte, uno de los hijos del tío abuelo Francisco se llamó Carlos y en la familia siempre lo conocimos como el tío Carlos. Por cercanía de edades, tanto el tío Childo como el tío Carlos crecieron juntos y siempre fueron muy buenos amigos.

Bueno, cuenta la anécdota que una noche de mediados de la década de los años 20 del siglo pasado, el tío Childo y su primo hermano, el tío Carlos, aún siendo adolescentes se fueron al rancho de este último a pasar la noche y echarse unos “topos” de mezcal, dado que eran bastante afectos a esta bebida. En otras palabras, eran “buenos pa’l quiote”.

Para eso de la medianoche, los dos primos ya se habían bailado tres botellas de mezcal y entre canto y canto y risa y risa, bebían y bebían. De pronto, debido a la borrachera, Carlos se quedó totalmente inconsciente o privado, mientras Childo seguía dándole duro al tanguarniz y rascándole a la guitarra que sonaba tan desafinada como su voz. Como vio a su primo en calidad de bulto, le compuso una canción, el infumable corrido “El velado” –que por cierto, jamás se transmitió en el cuadrante de la XER.

De pronto, a Childo se le ocurrió hacerle una broma a Carlos. Le quitó los zapatos, lo tendió boca arriba, sobre la mesa del comedor, con un cojín bajo la cabeza y las manos entrecruzadas sobre el pecho, como si yaciera muerto. En el baño encontró talco y con eso le blanqueó el rostro para que pareciera un difunto de a de veras.

Después se dirigió a la troje, donde agarró una cazuela mechera (antigua cazuela de barro con cebo y una mecha que hacía las veces de veladora) para aluzarse, pues andaba buscando un machete; sólo encontró un belduque (machete corto). Acto seguido, fue al solar y con el belduque cortó cuatro quiotes (flor vertical y muy alta del maguey). Regresó a la casa y colocó los quiotes en cada esquina de la mesa. En las puntas embarró un poco de cebo, les puso estopa con tantito petróleo del quinqué y los prendió con un cerillo, a manera de cirios.

Childo sintió que algo faltaba para completar el cuadro mortuorio. Entonces, usó el mueble trinchador a guisa de altar. Sobre el improvisado altar colocó un crucifijo y todas las imágenes religiosas que encontró en la casa del rancho. También puso la cazuela mechera que se había traído de la troje, además de unas flores de papel que estaban en un florero y un retrato del “difunto”, al cual adornó con un moño negro que medio mal hizo con la valenciana que le cortó al pantalón del susodicho. Y para no desentonar, preparó café con piquete y sirvió varias tazas como para que los imaginarios dolientes tomaran durante el improvisado “velorio”.

El escenario quedó perfecto y “el Pollo” se puso a “velar al finado”, conforme siguió echándose sus pajuelazos de mezcal y cantando el corrido de “El velado”. Llegó un momento en que Childo se creyó su propia broma que hasta se puso a llorar en serio por el alma de su primo. Tal era la borrachera y tristeza que lo embargaba, que se quedó dormido en la silla, con su cabeza recargada sobre la mesa donde estaba tendido su primo.

Como a las ocho de la mañana llegó al rancho el tío Pancho (padre del “occiso”) con unos amigos a quienes les iba a vender unas cabras. Cuál no sería su sorpresa e impacto al encontrar a su hijo en tan dramáticas circunstancias, que sufrió un desmayo. Sus amigos los reanimaron, echándole aire y agua fría en el rostro. Luego, con toda la angustia de un padre que ve a su hijo tendido, se le acercó y llorando lo tomó de la cabeza para llevarla a su pecho y decirle cuánto lo había amado. Sin embargo, para su gran alivio y satisfacción, Carlos balbuceó algo ininteligible y su padre se percató que no estaba muerto, sino muy vivo y aún bastante borracho.

Una vez que se le pasó el estupor, de inmediato el tío Pancho se dio cuenta que quien había montado toda esa escenografía había sido nada menos que Childo, quien seguía hasta las chanclas, roncando y babeando la mesa. El susto inicial se convirtió en genuina cólera y le empezó a gritar a su sobrino, hecho toda una furia: “Pollo cab…; levántate, jijo de &%$¡!#*&%#$… Despierta, bribón, hijo mal parido, &$%#&?&$…; gallinácea gorupienta, &$%)$%#&…”

En eso, Childo se medio despertó y su primera reacción fue echarse a correr afuera de la casa. El tío Pancho lo persiguió hasta que “el Pollo” se tropezó en uno de los corrales. Allí el tío lo agarró y le puso una gritiza de esas que no se olvidan, con todo tipo de palabras y calificativos altisonantes, a la vez que lo estrujaba y le daba de manazos. Luego, el tío se quitó el cinto y empezó a darle de cuartazos, pero para fortuna de Childo, los amigos del tío Pancho lo detuvieron hasta que éste se calmó y su tono de voz volvió a la normalidad, es decir, muy propio y correcto, sin utilizar ya malas palabras. Finalmente, le ordenó al caporal que amarrara al desgraciado en un mezquite. (Horas más tarde, una vez que se le bajó el cuete y el sol calaba en serio, Childo pegaba de gritos para que los desataran.)

El tío Pancho y sus amigos fueron a despertar al “pipiolo” de Carlos, o más bien a “resucitar al finadito”, quien por cierto sufrió la peor cruda de su vida, la cual le duró tres días. Él también recibió un fuerte castigo por mano de su padre, para que se le quitara lo briago. En cuanto al “Pollo”, acabó igualmente muy crudo y castigado por su tétrico y fúnebre sentido del humor.

Esta anécdota siempre la contaba mi papá (Jorge Adame Leal) cada vez que la oportunidad se presentaba, pues le causaba muchísima gracia. Y como remate siempre decía: “Pancho Lozano profirió en una mañana todas las malas palabras que no había dicho en toda su vida”.

Relatada por Jorge Adame Lozano
Desarrollada y enviada al blog por Jorge Adame Mtz.

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Si quieres leer otra anécdota de esta familia linarense, sigue este enlace: “El diácono”.

Mitos y leyendas de Nuevo León: Los relojes de Lampazos y de Linares

LOS RELOJES DE LINARES Y DE LAMPAZOS, N.L.

(Entre la anécdota y la leyenda)

Podríamos decir que hasta la tarde del 15 de junio de 2008, Lampazos y Linares tenían algo en común: sus tiempos estaban invertidos.

La frase popular “Cada quien cuenta su versión de los hechos” bien puede aplicarse aquí, toda vez que en ambas poblaciones neoleonesas se cuenta una anécdota sin precedentes que explica cómo ellas, al parecer, comparten una historia que la mayoría de sus habitantes desconoce, acaso porque nadie se tomó el acierto de consignarla en su debido momento, o bien, porque entró en el campo del olvido con el paso de los años. Es una historia de tiempo y de relojes, de la cual tenemos a continuación dos versiones.

(Una versión de Lampazos)

En Lampazos hay gente que recuerda cuando llegó el reloj que tienen en la fachada de la parroquia. Aunque las fechas no se precisen, cuentan que las familias acaudaladas habían reunido una buena suma de dinero para adquirir un reloj que habrían de colocar en el campanario. Para ello, se formó una comisión que fue a Europa con el propósito de ver opciones y finalmente consiguió el mejor en disposición. A su regreso, dijo que sería un reloj muy fino, de cuatro carátulas, con una quinta más pequeña viendo hacia el interior de la torre, que serviría al relojero para ajustarlo o repararlo. La comisión había arreglado también todos los asuntos del traslado y explicó que el reloj llegaría en determinada fecha en el tren proveniente de Tampico. El entusiasmo de los pobladores fue generalizado.

Foto de Homero AdameSe aproximó la fecha del arribo del reloj y el pueblo se vistió de fiesta. Para el día pactado, todo estaba listo y tanto la clase gobernante, como la eclesiástica, la elite social, el pueblo y hasta el telegrafista se dieron cita en la estación a esperar el tren, que ese día llegó a tiempo. La banda del pueblo no dejó de entonar sus melodías para aumentar la algarabía. Era tanta la emoción que nadie se percató de que fue el tren de Laredo el que llegó a tiempo y no el de Tampico.

Mientras tanto, como la oficina de telégrafos estaba sola en esos momentos, nadie estuvo para recibir un telegrama que trataron de enviar desde Monterrey, en el cual se explicaba que por una causa inesperada y, al parecer, por un malentendido, habían bajado el embalaje en Linares.

Llegó el tren y ¡también el reloj! Lo que nadie sabía fue que dicho reloj no era el destinado a Lampazos, sino que era el que iba para Linares. Ni siquiera las personas que lo habían comprado se dieron cuenta del error, quizá porque estaban tan emocionados como el resto de los vecinos.

Bajaron el pesado embalaje y lo llevaron al atrio de la parroquia, donde, con gran festín, colocaron el reloj en el campanario de la iglesia. Para ello, los obreros tuvieron que modificar el orificio previamente hecho con el afán de ajustar las dimensiones del reloj para que su única carátula se viera en la fachada.

A mucha gente, al igual que a sus compradores, se le hizo extraño que el reloj en cuestión no fuera tan suntuoso como les habían prometido, ni que tuviera cinco carátulas. Entonces concluyeron que habían sido estafados por la firma europea que se los vendió. Días después, cuando se enteraron del error, nadie se atrevió siquiera a sugerir que quitaran el otro o que fueran a Linares a reclamar el propio, aunque si presentaron una queja contra las autoridades linarenses, la cual no prosperó.

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(Una versión de Linares)

Cuentan algunas personas de Linares que el reloj que estuvo en la torre-campanario de Catedral hasta el pasado 15 de junio era robado, literalmente, pues no estaba destinado para esa ciudad.

Foto de Homero AdameHace muchos años, la feligresía linarense aportó sus bilimbiques para comprar un reloj que engalanara la única torre de la iglesia. Sin pasarse de manirrotos, todos cooperaron y apenas reunieron lo necesario para adquirir un reloj de una sola carátula, poco suntuoso, pero eso era mejor que nada. Dicho reloj llegaría de Estados Unidos, en el tren de Laredo a Tampico.

Con bombo y platillo, se llegó la fecha programada. El tren de Laredo pasaría por Linares a la hora de costumbre; es decir, tarde como siempre. Sin embargo, alguien se enteró que en el tren proveniente de Tampico venía un reloj. Esa persona avisó a las autoridades linarenses y aunque éstas sabían que el suyo venía desde otro destino, de todas maneras formaron un comité que de inmediato fue a la estación con la esperanza de que hubiera un error. Y lo hubo, o hicieron que hubiera.

Por extraño que parezca, ese día el tren llegó a tiempo y, en efecto, traía un embalaje muy grande. La comisión linarense, entre dimes y diretes con el jefe de estación, arguyendo errores en el destinatario, pues “seguramente en Tampico se equivocaron al poner en la etiqueta Lampazos en vez de Linares”, casi a la fuerza, si no es que a punta de pistola o con una buena “mordida”, bajó el embalaje para llevárselo al centro. Como en pueblo chico el chisme corre pronto, cuando la comitiva y el reloj llegaron al atrio de Catedral, ya estaban todos los habitantes reunidos y la banda de música tocaba alegremente. Con gran jolgorio abrieron la enorme caja y a todos se les hizo extraño que el relojito que habían comprado era en verdad un reloj muy impresionante, de cuatro carátulas y otra adicional que serviría para que el relojero lo ajustara cuando fuese necesario. Todo mundo se sorprendió muchísimo por la calidad del mismo, pues a nadie se le hubiera ocurrido en su más aventurada fantasía que con tan poquito dinero se pudiera adquirir un reloj tan fino. Aunque todos intuyeron que debía existir un error, los del comité se encargaron de hacer correr el rumor de que se trataba de un regalo enviado del cielo.

Los obreros, que para entonces ya habían abierto un boquete en el lado poniente de la torre para dar cabida a la única carátula del reloj adquirido, se vieron obligados a expandirla (sin más pago que indulgencias, ¡bien haiga!) y, además, abrir tres orificios más para que las cuatro carátulas se vieran desde los cuatro costados del campanario. Una vez terminado este trabajo, mientras la fiesta continuaba, colocaron el reloj en la torre.

Fue así como por muchas décadas Linares tuvo un reloj ajeno, disfrutó el sonido de las campanas que marcaban la hora y los cuartos de hora y muchas de sus generaciones vivieron con el tic-tac de un tiempo que no les correspondía.

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Linares “sin tiempo” – Fotografía de Jorge Adame M.

Reloj de Linares en 2010 – Fotografía de Homero Adame

Reloj de Linares en 2010 – Fotografía de Homero Adame

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